La cuarta semana de Adviento es el tiempo del umbral, ese instante en el que todo está a punto de suceder pero todavía depende de una decisión. La espera ya no es genérica ni lejana; se vuelve concreta, densa, casi incómoda. Dios está cerca, tan cerca que su llegada no se impone, sino que necesita ser acogida. Aquí el Adviento alcanza su máxima tensión: no hay espectáculo ni señales extraordinarias, sino silencios, noches, gestos pequeños y una confianza que se arriesga.En esta semana se revela con claridad la lógica de Dios, tan distinta de la nuestra. Mientras el mundo busca grandeza, seguridad y control, Dios elige lo pequeño, lo frágil...
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