En España estamos comenzando el curso. Y eso supone la vuelta a la rutina. Ya están aquí los viejos conocidos. Otra vez. Calendarios. Inicios de todo. Actividades de siempre. Rostros familiares. Los días que se acortan. La vuelta al cole. El café de media mañana. La liga de fútbol. La misa de domingo. La ropa de abrigo que sale del fondo del armario. Los libros bajo el brazo. Madrugar... Dios en lo de siempre «Es bueno dar gracias al Señor, proclamar por la mañana tu lealtad y tu fidelidad de noche» (del salmo 92) A veces me agobia volver a “lo mismo”. Pero también es verdad que la vida no puede estar hecha de una constante novedad, de una búsqueda vertiginosa de nuevas sensaciones, proyectos distintos, horizontes diferentes… Hay espacios familiares, dinámicas ya conocidas, gestos de siempre que quizás se me pasan desapercibidos, tal vez porque llevan ahí mucho tiempo… Y, sin embargo, ahí está el Dios fiel que forma parte de mi vida. En los amigos que siguen llamando o mandando un correo de vez en cuándo. En la pregunta de siempre, al llegar a casa: “¿Qué tal va todo?”. En la lucha con los alumnos, o con los profesores, depende de qué lado del aula ocupe uno. En las interminables reuniones donde parece que tratamos lo mismo año tras año. Dios está ahí. Llamándome, diciéndome, esperándome. Dios en lo nuevo «Mi alma está sedienta del Dios vivo, ¿cuándo veré tu rostro?» (salmo 42-43) Y al tiempo, no deja de sorprenderme. No me permite anclarme, amoldarme, cerrar los ojos a rostros nuevos, historias diferentes, sueños que surgen. Dios me habla desde los problemas que brotan por primera vez, y desde los nuevos pasos de mi historia. Desde los rostros que aparecen ahora en mi vida. Desde las lecciones que he aprendido últimamente. Desde mi última equivocación. Desde un libro que me despierta emociones y una propuesta que me invita a adentrarme en terrenos desconocidos. Dios está ahí. Llamándome, diciéndome, esperándome.
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